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A través de esta página iré desarrollando aspectos sobre el arte erótico en toda su expresión y en distintas épocas y lugares, donde el escenario de este arte dio pie para que gente talentosa en su oficio descubren un mundo de satisfacciones que el hombre común jamás pudo experimentar.

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martes, 16 de julio de 2013


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21 de mayo, 2013

La imagen erótica femenina

El hombre siente que el cemento cocina sus pies. Pequeñas gotas de sudor resbalan desde su frente hasta el cuello de la camisa blanca. Está cansado, harto de esa pesada tarde en la que el vaho del infierno atrapa a conductores y caminantes. El hombre levanta la mirada y el gesto de hartazgo desaparece; ahora sus ojos crepitan y se pierden en esos senos enormes y redondos, apenas cubiertos por una delgada tela blanca que cae a la entrepierna.
Ella también lo mira fijamente, lo incita, lo provoca y él cede: la toma delicadamente entre sus manos y se la lleva bajo el brazo junto con esa promesa de tenerla a sus anchas. Un periódico vespertino más se va al mundo erótico, único, personal de un ser humano que vivirá sus fantasías a su manera.
El erotismo siempre ha estado presente a través de la historia de la sexualidad y la innegable imaginería de hombres y mujeres. Cada quien teje sus propios universos recreativos alrededor de lo que atrae su mirada. En secreto. La mujer de grandes senos llamaba a todos y todas, estaba ahí, en el exhibidor de periódicos y revistas entre otras, muchas, que también mostraban sus cuerpos en poses que destacaban contornos.
El erotismo apela a la imaginación, sin ella no existe. Una vez que detona también es sensualidad, preludio del ejercicio de la sexualidad. Y el mundo de tinta, imágenes y papel alienta a esa construcción social que exalta al instinto. ¿El mundo de lo erótico está más dirigido a los hombres? ¿Las mujeres se reprimen? ¿Esa exhibición de cuerpos, primordialmente femeninos, atenta contra las conciencias pudibundas, contra la equidad de género, algunos medios de comunicación escritos o electrónicos explotan descaradamente el morbo o es parte de esa libertad de expresión que no debe desalentar el voyeurismo? ¿La sociedad mexicana se espanta aún ante la desnudez? ¿Cuál ha sido el recorrido histórico de ese destape? Esto da pie, sin más, a una charla entre continentes. El tema da para un libro. Hoy es un sencillo acercamiento a las imágenes femeninas que se miran y alientan imaginaciones de toda índole.
Un poco de historia
Salvador Salas Zamudio, doctor en Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Morelos, nos narra que “la tarea de promoción e imposición de la decencia, la urbanidad y las buenas costumbres se institucionalizó en México desde la época de la colonia. Los misioneros españoles registraron la fuerte represión y censura de que fueron víctimas los naturales por la práctica de ceremonias religiosas en las que, según ellos, mujeres indecentes participaban como prostitutas en actividades corrompidas”.
Ya en el régimen porfirista la cerrazón continuaba y enseñar el cuerpo era impropio de las buenas costumbres. Por eso, no es de extrañar que hubiera cruzadas civilizatorias que, por ejemplo, pantalonizaron “a los indígenas y mestizos que, hasta entonces, se habían ataviado con calzón de manta” y además promovieron entre las élites eventos sociales, apoyados por el Estado y la Iglesia, “dentro de los principios de la fineza, la urbanidad y el comportamiento virtuoso” relata el investigador del área de fotografía del Departamento de Artes Visuales de la Universidad de Guanajuato.
A finales del siglo XIX la industria gráfica, en la capital mexicana, acicateó la imaginación masculina con grabados, litografías, tarjetas postales ilustradas y fotolitografías de índole erótica. Eso sí, la doble moral estigmatizó como prostitutas o pecadoras a las que se a desnudaron frente a una cámara o posaron ante los artistas. Ellas eran el ejemplo de lo “que no debían hacer las mujeres que se consideraban decentes”. Escribe Alba González Reyes, en su libro Concupiscencia de los ojos. El desnudo femenino en México, 1897-1927.
Cabe decir, comenta Alba González, doctora en historia y estudios regionales, que las artes gráficas han dado cuenta del erotismo a lo largo de la historia, “pero me remito al siglo XIX porque en ese tiempo nace la fotografía y a la par fotografías eróticas; en ese siglo tanto el erotismo como la pornografía se instauran como parte de un tema de estudio naciente del psicoanálisis: la sexualidad”.
Agrega que “en esa época los escrúpulos de moralidad se legitiman y se oponen al estudio y tratado del cuerpo. En tanto espacio de placer, éste más bien inspiraría miedo por su relación con las tentaciones y el pecado. En la vida cotidiana el cuerpo de la mujer se ocultó con mucho cuidado. El arte modernista —simbolismo, decadentismo— tuvo influencia y toda una galería de representaciones femeninas estigmatizadas: la femme fatale, la mujer vampiro, Salomé, la mujer tarántula, la mujer escorpión y la mujer diabólica tuvieron estrecha correspondencia con el desnudo. Quienes crearon, difundieron y consumieron estas imágenes fueron varones”.
Durante la Revolución Mexicana, con la crisis social y la guerra civil se propició el aumento de garitos y teatros con espectáculos nocturnos para ‘hombres solos’. Así, la guerra produjo un efecto benéfico para las prácticas eróticas, los bolsillos de los empresarios y el gobierno, por medio de reglamentos jurídicos que favorecían multas y dispensas a los espectáculos considerados licenciosos.
El doctor Salvador Salas continúa con el recorrido histórico a partir de la segunda década del siglo XX. “En ese tiempo, el debate sobre la distribución y producción de las fotografías de desnudo se extendió a los contenidos de revistas, discos, periódicos, películas, canciones populares, carteles y anuncios. Las artistas de la zarzuela se retrataban desnudas, con mallas o trajes de baño sobre piedras y troncos de utilería y fondos pintados a mano, imágenes que son un ejemplo de un estilo de vida desenfadado que propició dolores de cabeza a una sociedad conservadora y puritana, que encontraba en la censura un escudo contra todos los comportamientos públicos y privados considerados inconvenientes para la moral social e incluso individual.
“Las expresiones culturales fueron violentadas en el artículo 2º de la Ley de Imprenta, publicada en el Diario Oficial de la Federación, el 12 de abril de 1917, que en su artículo segundo consideraba un ataque a la moral:
II.- Toda manifestación verificada con (...) representaciones o por cualquier otro medio (...) con la cual se ultraje u ofenda públicamente al pudor, a la decencia o a las buenas costumbres o se excite a la prostitución o a la práctica de actos licenciosos o impúdicos, teniéndose como tales todos aquellos que, en el concepto público, estén calificados de contrarios al pudor;
III.- Toda distribución, venta o exposición al público, de cualquiera manera que se haga, de escritos, folletos, impresos, canciones, grabados, libros, imágenes, anuncios, tarjetas u otros papeles o figuras, pinturas, dibujos o litografiados de carácter obsceno o que representen actos lúbricos.
“En los años treinta las tarjetas postales fueron desplazadas por las publicaciones ilustradas. Durante esa década las mujeres de piel blanca encarnaban el erotismo de la feminidad según el modelo racial y sexual autoritario. Algunas revistas y periódicos se referían a las imágenes de desnudo como fotografías atrevidas y pinturas seudo- artísticas que lastimaban el pudor de las señoras, la inocencia de los niños y atentaban contra la moral pública.
“Los censores continuaron su labor durante el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas del Río quien, el 26 de enero de 1940, decretó modificar el artículo 200 del Código Penal para tipificar como delito la fabricación, reproducción o publicación de libros, escritos, imágenes u objetos obscenos así como su exposición, distribución y circulación. Se consideró también como responsable del mismo delito a quien publicara o por cualquier medio ejecutara o hiciera ejecutar a otro exhibiciones obscenas, y al que de modo escandaloso invitara a otro al comercio carnal”.
Y cómo no mencionar el prurito que ocasionaba en esa sociedad un cuerpo perfecto al que cubrieron con taparrabos. La Liga de la Decencia, recuerda el doctor Salas, fue la que “realizó una serie de actos de protesta para colocar ropa interior a la estatua de la Flechadora de las Estrellas del Norte –La Diana Cazadora–, inaugurada en 1942.”
¿Cuál era el contexto de tiempo en el cual los falsos pudores atentaban contra una obra de arte? El doctor Salas dice que “Durante las décadas de los 40 y 50, el sexismo imperante promovía la virginidad y sumisión femenina; las mujeres infieles podían ser asesinadas por el marido ofendido, quien debía limpiar su nombre como el rifle sanitario lo hacía con la fiebre aftosa. Frases como “mía o de nadie”, “sino es por amor es por la fuerza”, o “la maté porque no me obedecía”, se cumplían al pie de la letra. En los diarios había encabezados como: “muerte de adultera o recibió merecido castigo la adúltera”.              etcetera.com.mx

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